OPINIÓN
Miércoles, 29 de Diciembre de 2004, actualizado a las 06:01
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Trompetas de Jericó, otra vez

SERGIO RAMÍREZ

En las revistas de las líneas aéreas no siempre hay lecturas banales. Viajando hacia Madrid me he encontrado en una de ellas con una entrevista al director de orquesta Daniel Baremboim, quizás hoy el mejor en todas las latitudes, y también pianista consumado. Cree, en primer lugar, que la música debe ser un espacio democrático, abierto a todos, porque ha sido concebida para eso, para que llegue a todos los oídos.

Es algo para reflexionar. ¿Las formas masivas de producción musical son sólo un asunto de mercado, o corresponden a una democratización real de la música?

En nuestros días eso lo facilita, más que las salas de concierto que siempre estarán limitadas a un público cerrado, los discos compactos, que se pueden copiar a la perfección, y los sitios de la red cibernética que permiten bajar todos los discos del mundo, y grabarlos uno por su cuenta, amplitud democrática en la que tiene su lugar, aunque sea espurio, la piratería.

Pero Baremboim piensa que la verdadera democratización de la música depende de una educación desde la niñez, y que apreciarla en todo su poder y su belleza debe llegar a ser parte de la cultura fundamental de cada ser humano, cualquiera que sea su condición.

Por otro lado, siendo como es judío, ha cumplido ya con la herejía de terminar de grabar las 10 principales óperas de Wagner —y es él el más grande director wagneriano que hay— un compositor que manipulado como fue por los nazis, sigue siendo poco popular en Israel.

Hasta aquí tenemos a un músico genial que quisiera la música para todos, una música sin barreras ni fronteras. Pero va más allá. Quiere una orquesta sinfónica formada por judíos y palestinos, y ha creado un jardín de infancia musical en territorio palestino, para niños palestinos, que ha empezado a funcionar en Ramala, y eso llevará a la creación de una orquesta juvenil palestina.

Le parece una aberración que la política oficial de su país haya llevado a la construcción de un muro como parte de la escalada de guerra, uno más en la terrible secuencia de muros que han dividido a pueblos enteros a lo largo de la historia, alzados por razones ideológicas y raciales, y que han marcado siempre fronteras infames.

Este muro es peor que ningún otro, según piensa: "No es un muro entre Israel y Palestina —eso sería tonto pero aceptable— sino que es un muro que divide tierras palestinas de otras tierras palestinas...".

¿La voz de Baremboim, y su música podrán llegar a tener el poder de ayudar a abrir los oídos de los fundamentalistas, no sólo de su país, Israel, sino los oídos de quienes, del otro lado, tampoco quieren escuchar?

La música es, al fin y al cabo, un asunto de saber escuchar. Y los muros también escuchan, eso lo sabe bien el pueblo judío. Las trompetas de una orquesta pueden derribar muros, como aquellas otras que hicieron caer las piedras de los muros de Jericó.

—Sergio Ramírez es un escritor nicaragüense.


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